Me mudé al Caribe y sigo poniendo lavadoras

Hay una parte de vivir en el Caribe que nunca aparece en las fotos: el tendedero.
En Instagram salen las palmeras, el cielo azul, las piscinas y ese color del mar que parece retocado aunque no lo esté. Lo que no sale es que, detrás de la cámara, probablemente haya una lavadora dando vueltas y dos tendederos llenos de ropa esperando a que decida si hoy quiere secarse o caerá otro chaparrón.
Porque puedes mudarte a Punta Cana, pero la colada se viene contigo.
Cuando imaginamos una vida nueva solemos pensar en todo lo que va a cambiar. El paisaje, la casa, las costumbres, el ritmo… Como si cruzar un océano significara dejar al otro lado las pequeñas obligaciones de siempre. Pero no. Cambias las vistas de la ventana y sigues teniendo toallas que lavar, suelos que limpiar, compras que hacer y días en los que no te apetece absolutamente nada.
La vida cotidiana tiene esa capacidad maravillosa —y un poco puñetera— de encontrarte estés donde estés.
Aquí la ropa se multiplica de una manera que todavía no comprendo. Toallas de piscina, toallas de ducha, ropa ligera, sábanas… Pongo una lavadora convencida de que por fin voy a vaciar el cesto y, cuando me doy la vuelta, ya parece que alguien ha organizado otra familia dentro.
Durante un tiempo guardaba los tendederos por la noche y volvía a sacarlos por la mañana. Me parecía lo normal. También me parecía que aquello sería sostenible durante más de tres días. Ahora viven fuera con nosotros. Forman parte del jardín como las palmeras, las hamacas o las plantas. No son tan decorativos, desde luego, pero tienen una presencia mucho más constante.
A veces recoloco una zona, muevo las hamacas o intento que el jardín quede más bonito. Doy unos pasos hacia atrás para contemplar el resultado y ahí están ellos: los dos tendederos, llenos hasta arriba, recordándome quién manda realmente en esta casa. Y siempre manda la colada.
Podría pensar que estropean la estampa, pero en realidad cuentan la parte que casi nunca enseñamos. La de una vida que no está preparada para una foto. La que sucede entre una imagen bonita y la siguiente.
Vivir aquí tiene momentos que todavía me sorprenden. Mirar al jardín y ver las palmeras. Sentarme fuera a leer. Escuchar la lluvia caer con esa fuerza que parece que va a llevárselo todo por delante y descubrir, un rato después, que vuelve a salir el sol como si no hubiera ocurrido nada. También tiene humedad, mosquitos, césped que se estropea, perros pendientes de cada movimiento y ropa que nunca termina de secarse cuando más prisa tienes. Una cosa no borra la otra.
Quizá esa sea una de las cosas que he ido entendiendo desde que llegué: una vida nueva no es una vida completamente distinta. Sigues siendo tú, con tus manías, tus preocupaciones, tus momentos buenos y tus pocas ganas de hacer determinadas tareas. Solo que ahora las haces rodeada de un paisaje diferente.
Al principio todo parece extraordinario porque es nuevo. Después, poco a poco, empiezas a vivir de verdad. Ya no miras cada rincón como quien está de vacaciones. Sabes dónde da más el sol, dónde se encharca el jardín, qué planta necesita sombra y en qué momento exacto deberías recoger la ropa antes de que empiece a llover. Y puede que ahí esté el verdadero cambio.
No en levantarte cada mañana sintiéndote dentro de un anuncio de viajes, sino en el momento en que dejas de contemplar el lugar desde fuera y empiezas a conocer sus pequeñas reglas. Cuando el paisaje espectacular deja de ser únicamente paisaje y se convierte en el fondo de tus días normales.
Creo que a veces confundimos una vida bonita con una vida sin molestias. Como si para sentirnos afortunados tuviéramos que estar felices todo el tiempo, agradecer cada segundo y no quejarnos jamás. Pero puedo saber que tengo mucha suerte y, al mismo tiempo, odiar profundamente tender toallas. Ambas cosas caben perfectamente en una misma persona. No todo tiene que ser especial por el hecho de ocurrir en el Caribe.
Hay mañanas preciosas y otras en las que solo veo todo lo que tengo pendiente. Hay días de piscina y días de lavadoras. Momentos para leer tranquilamente y otros en los que parece que la casa entera se ha puesto de acuerdo para reclamar atención. Supongo que eso es vivir, aquí y en cualquier sitio.
La diferencia es que ahora, mientras tiendo la ropa, levanto la cabeza y veo una palmera, no hace que me guste más la colada. Tampoco vamos a exagerar, pero ayuda.
Si te apetece seguir curioseando, puedes leer más entradas en el cuaderno.
